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La vida cotidiana en el medioevo giraba en torno al comercio y a la fe cristiana. Es así como las calles se transformaron en el espacio público destinado a estas actividades, cuyas distancias fueron pensadas a partir del ciudadano común.
Leslie Honour Ch.
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Santiago /
Cultura – Las calles, al igual que las plazas, los parques y los jardines, constituyen un espacio urbano caracterizado por estar delimitado por edificios y por regularizar las actividades humanas de orden público.
Sin embargo, la calle no fue siempre como la conocemos. En épocas pasadas, la calle fue un simple sendero a través del cual el hombre accedía a recintos privados o simplemente una vía para desplazarse de una región a otra. Con los años, ese modelo se modificó por el interés humano de relacionarse unos con otros, lo que conllevó el posterior asentamiento de más personas en sus bordes.
Se podría decir, entonces, que la calle tuvo dos maneras de surgir: una espontánea, debido al proceso evolutivo de caminos y senderos; y otra planeada y diseñada como parte del establecimiento del hombre en un nuevo territorio, con un trazado vial organizado y distribuido.
NUEVAS CONFORMACIONES URBANAS DE FINES DE LA ANTIGÜEDAD
La caída del Imperio Romano de Occidente significó un cambio drástico en la configuración de las ciudades. Las grandes urbes de la época dieron paso a ciudades fortificadas, de menor escala a la conocida entonces. El urbanismo monumental desapareció, surgiendo una nueva concepción medieval de la ciudad: un conjunto perfectamente estratificado, centro del poder espiritual y político; un lugar de intercambio comercial y sistema de explotación agrícola, donde la población buscaba seguridad entre sus murallas y en torno a un castillo o a una catedral, con calles de diseño estrecho que parecían proteger al ciudadano, tanto del clima como de los intrusos.
Muchos fueron los motivos que dieron pie a este cambio: el ya mencionado colapso de las grandes urbes, las invasiones bárbaras y el poder que cobró el cristianismo en las decisiones políticas, entre otros.
Los grandes terratenientes pensaron que la ciudad ya no brindaba la seguridad de antaño, por lo que decidieron mantenerse en sus casas o palacios de zonas rurales. Se estableció de esa manera un nuevo vínculo entre el jefe del feudo y sus tributarios campesinos, creándose una nueva relación social.
Además, el constante empuje de los bárbaros por el norte, y más tarde la invasión islámica por el sur, hicieron que se desplazara el centro de gravedad —ubicado hasta ese momento en el Mediterráneo— hacia el norte. Se conformó así, en la época de Carlomagno, un Estado cerrado, sin salidas, un Estado en situación de permanente aislamiento respecto del comercio (1). Eso hizo que se desarrollara un mercado auto sustentable, en el cual la producción correspondía al mínimo requerido para lograr la supervivencia del grupo.
La ciudad perdió sus rasgos generales y se individualizó por circunstancias geográficas, por lugares de emplazamiento y por nuevas funciones y organismos. Debido a ello, no existía un trazado igual a otro.
CIUDAD DEL MEDIOEVO
Como se ha indicado, la configuración de las ciudades escapaba a cualquier tipo de uniformidad, pudiendo distinguirse algunos modelos. Lewis Mumford —sociólogo, historiador y urbanista estadounidense (1895-1990)—, encuentra tres: a) Las ciudades que perduraron desde el tiempo de los romanos en general conservaron el sistema rectangular de dibujo de las manzanas. b) Las que crecieron al amparo de un monasterio o castillo, mucho más anárquicas, que adoptaron una forma radial a partir de un centro, donde se encontraba la catedral, la plaza y los principales edificios públicos. En este desarrollo orgánico se apreciaban dos orígenes: la cité y el burgo. La cité era un centro de protección momentánea, controlado por la iglesia que cumplía el rol protector que el Estado no brindaba, y estaba destinada a proteger a la población contra el enemigo bárbaro. El burgo era una versión similar a la cité, pero era, sobre todo, un establecimiento militar en el cual además de una iglesia se encontraba una torre de defensa, graneros, bodegas y la residencia de los caballeros… Posteriormente, éste se transformó en centro comercial. c) Por último, se encuentra el modelo de ciudad trazada de antemano para la colonización de puestos de frontera, caracterizada por un claro orden geométrico.
No obstante, estos últimos modelos sufrieron una fractura en su trazado: “En las ciudades de origen romano, tanto grandes como pequeñas, los organismos encarados hacia el interior de las manzanas de casas pierden en gran parte sus funciones primitivas —residencias individuales o colectivas, o edificios públicos— y las manzanas de edificios se dividen mediante nuevos trazados internos, más tortuosos que rectos, que permiten utilizar cada una de las partes como tiendas o residencias más pequeñas. Algunas estructuras más nobles —templos, teatros, anfiteatros, acueductos, depósitos ya inservibles— se convierten en puntos de resistencia fortificados. Algunas veces un solo edificio grande, antiguo —como el palacio de Diocleciano en Split— acaba conteniendo una ciudad entera” (2).
Cualquiera que fuera su origen, las ciudades medievales tenían contextos sociales, económicos y políticos similares en la mayor parte de los países europeos. Eran también parecidas en lo que respecta a la mayoría de los detalles visuales: la misma clase de edificios locales cubrían tanto la retícula formal de las nuevas ciudades planeadas como los trazados informales e incontrolados de las no planteadas. Las partes que componían la ciudad medieval normalmente eran: la muralla (con sus torres y puertas), el mercado, la iglesia, las calles y espacios afines destinados a la circulación, una gran masa de edificios y los espacios destinados a jardines privados.
Desde el punto de vista defensivo, la necesidad de protección ante las invasiones llevó al uso de la protección urbana más antigua: la muralla (3). Ésta transmitía seguridad y bienestar a la población y ayudó al resurgimiento del comercio a partir del siglo X (para algunos autores como H. Pirenne, en su libro Las Ciudades de la Edad Media, la evolución es a la inversa: el auge del comercio permitió el desarrollo de la población. Sea cual sea el motivo, se constata que la maduración de la ciudad fue un proceso claro en el siglo X).
El mayor bienestar económico se hacía patente con la celebración —generalmente semanal— del mercado. Quienes asistían a este centro económico, de igual forma que en la antigua Grecia, eran protegidos por la Paz del Mercado durante su tiempo de funcionamiento, hecho simbolizado con una cruz en la plaza del lugar. Así, el grupo de personas quedaba protegido de robos y tributos arbitrarios. Ese nuevo grupo, esa nueva clase emergente, comenzó un asentamiento permanente: nacían, los mercaderes.
La población fue en aumento y se fue instalando en los extramuros, creando suburbios, por lo que hubo que desplazar las murallas para dar cobijo a todos.
Dentro de los recintos fortificados, la iglesia cumplía un rol fundamental tanto en el diseño urbano como en el comportamiento social de la población. De hecho, en algunas situaciones la presencia de un santuario importante fuera del área urbana provocó el desplazamiento del centro. “En una cultura caracterizada por asombrosas variedades de dialecto, ley, cocina, pesos y medida, y moneda, la iglesia ofrecía un lugar común, a decir verdad un refugio universal: el mismo credo, los mismos oficios, las mismas misas, celebradas con los mismos gestos, en el mismo orden, con el mismo propósito, desde un extremo de Europa hasta el otro” (4).
TEJIDO DE CIRCULACIONES
Como en todas las ciudades medievales, las calles principales tenían características distintas a las secundarias. Éstas, generalmente, eran las que entraban y salían de los núcleos importantes de la ciudad y se dirigían a las puertas de la misma. Eran más anchas, lo que permitía la circulación de carruajes y sobre ellas estaban los edificios más significativos y los comercios. Las secundarias, por su parte, eran más bien peatonales, angostas, callejuelas. Iban uniéndose según circunstancias geográficas, determinaciones históricas y necesidades particulares, formando una maraña irregular y laberíntica que conformaba un espacio unitario.
Así como el trazado urbano no tenía nada de regular, los pocos espacios públicos abiertos, como la plaza del mercado o de la iglesia, tampoco lo eran. Lo usual en las ciudades de desarrollo orgánico era que la plaza se adaptara a la forma de los edificios circundantes, siendo a veces sólo un ensanchamiento de la propia calle, sin que por ello fuera de poco interés para el ciudadano. Por el contrario, la plaza era centro de reunión pública —como el ágora o el foro—, donde se desarrollaba el mercado, se castigaba a los criminales o se llevaban a cabo fiestas religiosas.
En general existía un perfecto equilibrio entre el espacio público y el privado, más allá de los edificios destacados que superaban la escala de la ciudad. Los colores, la forma de la construcción, el lenguaje, los materiales utilizados, dieron continuidad al conjunto. Con el tiempo, y debido al crecimiento de algunas ciudades, se fue legislando con ordenanzas la altura, salientes, escaleras, etc., con el fin de mantener el equilibrio inicial.
ESCENARIO PARA LA PEREGRINACIÓN Y EL COMERCIO
La vida cotidiana en el medioevo giraba en torno al comercio y a la fe cristiana. Es así como las calles se transformaron en el espacio público destinado a esas actividades. Y sus distancias fueron pensadas a partir del ciudadano común, el peatón.
Para el hombre medieval la vida misma formaba parte de un peregrinaje hacia la salvación; ese peregrinar se reflejaba tanto en la arquitectura románica de sus iglesias como en el diseño, intencionado, o no, de sus calles. De esa manera, la ciudad estaba en constante movimiento: por sus calles y plazas se realizaban procesiones religiosas que finalmente desembocaban en la iglesia o catedral para la celebración final. Por ende, la arquitectura no era estática… Las construcciones alrededor de la calle se levantaban, caían, fluían, se desvanecían al paso y la mirada de comerciantes, fieles y peregrinos…
Durante siglos, el diseño de las calles y su perspectiva fue una suerte de analogía entre la visualidad del espacio y la espiritualidad de la época. La arquitectura de estos espacios no permitía mirar a la derecha o a la izquierda, sino hacía arriba, hacia el cielo.
(1) Cfr. PIRENNE, Henri, Las ciudades de la Edad Media, Historia Alianza Editorial, Madrid, 2005, p. 22 y ss.
(2) BENÉVOLO, Leonardo, La ciudad europea, Crítica, Barcelona, 1993, p. 27.
(3) “Las primeras edificaciones construidas por el hombre parece que fueron recintos de protección… Las acrópolis de los griegos, las oppida de los etruscos, los latinos y los galos, las burgen de los germanos, las gorods de los eslavos no fueron en un principio, al igual que los krals de los negros de África del Sur, nada más que lugares de reunión, pero fundamentalmente refugios”. PIRENNE, Henri, Op. Cit., p. 41.
(4) MUMFORD, Lewis, La Ciudad en la Historia, Tomo I, Ediciones Infinito, Buenos Aires, 1979, p. 325.
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Leslie Honour Chenevey. Diseñadora PUC, Master en Historia Crítica del Arte y la Arquitectura.