|
La cuestión de los impuestos no está ausente en la Biblia, porque implica la búsqueda de una buena convivencia que lleva a más vida de todos.
Margot Bremer, rscj
|
|
|
Asunción / Economía – El asunto de los impuestos es una cuestión bastante ambigua que se maneja según la clase de gobierno que cada nación tiene. ¿Cómo se manejaba este tema en el Pueblo de Dios que de algún modo pretendía ser paradigma de convivencia?
IMPUESTOS EN LAS NACIONES VECINAS DEL PUEBLO DE DIOS
Es conocido que la gran mayoría de los reyes del Medio Oriente siguieron el modelo faraónico de Egipto que la Biblia caracteriza con el criterio de impuestos. Los reyes de Egipto y Canaán necesitaban funcionarios especiales, cobradores de impuestos bien remunerados para que no vaya demasiado al propio bolsillo. A costillas de estos impuestos, sacados de pequeños agricultores y pastores (pequeños ganaderos), vivían los grandes, la oligarquía, que no pagaba ninguno. Función de los sacerdotes, remunerados por el faraón con latifundios, era mantener este status quo mediante una ideología religiosa; cualquier intento de cambio fue interpretado como desobediencia a los dioses.
Según la visión de Israel, el pueblo de Egipto ha caído paulatinamente, a través de los impuestos, en dependencia total de su faraón. Un episodio en Gen 47,13-26 nos relata este proceso que ocurrió en ocasión de una hambruna. El gobierno faraónico había acumulado grandes reservas de trigo, lo que primeramente vendió a sus habitantes; cuando los del pueblo ya no tenían dinero, lo intercambiaron por su ganado (caballos, ovejas, vacas, burros); cuando ya no tenían más ganado, le ofrecían sus tierras y “de este modo Faraón obtuvo toda la tierra de Egipto” (v. 20), con la condición de que deberían entregar al Estado cada año la quinta parte de toda la cosecha. Y de este modo el faraón se hizo propietario de Egipto, su título lo refleja, pues faraón quiere decir casa grande. Lamentablemente la población se sometió a la nueva situación ofreciendo al faraón sus “cuerpos” (trabajo forzado). Esta dependencia voluntaria es fuertemente desenmascarada por la Biblia como mentalidad esclavista, pues frente a este abuso faraónico sus súbditos le reconocieron además de salvador: “Puesto que nos has salvado la vida, sírvete aceptarnos como esclavos del Faraón” (v. 25). Jesús, hijo y heredero de esa conciencia profética, resume esta verdad que se repite: “Los reyes de los paganos se portan como dueños de ellos, y en el momento que les oprimen, se hacen llamar bienhechores. Ustedes no deben ser así…” (Lc 22,25). Los hebreos en Egipto, sin embargo, desenmascararon el engaño faraónico y al sufrir las consecuencias —para extranjeros doblemente duras— salieron a toda conciencia de este sistema.
Este episodio nos revela mucho sobre la cuestión de los impuestos. En aquella época se contribuía casi siempre en forma de productos agrícolas y ganado. Es importante la conciencia del pueblo para no dejarse dominar y esclavizar por los impuestos. Por tanto, Israel, al haberse liberado de aquel sistema tributario, intentó vivir una alternativa al mismo.
COMENZARON SIN IMPUESTOS
¿Cómo formar una sociedad sin esclavizar a la población mediante impuestos? Esto era la pregunta clave en su búsqueda de conformar una convivencia que respete la libertad e igualdad de todos. Mediante un proyecto alternativo, se organizaron con estructuras que evitaron reproducir los esquemas de opresión, dominación, explotación. Inventaron prácticas inauditas para asegurar la igualdad y justicia que garantizaban el acceso de todos a los bienes económicos como tierra y ganado. Comenzaron con una economía de autoconsumo y trueque. No había necesidad de acumulación individual; al contrario, esta actitud fue rechazada (Ex 16,19-20). Cada uno ponía en común sus excedentes, destinados a los más débiles como viudas, huérfanos y forasteros.
La fe común del nuevo pueblo en un Dios Liberador y Protector de los pequeños y pobres les dio cohesión desde la diversidad cultural de cada tribu que posibilitaba la convivencia en una estructura política descentralizada. Las decisiones eran tomadas en asambleas consentidas en unidades menores como familia, clan, tribu. Había jueces que coordinaron la sociedad igualitaria y sin clases, a veces tildada de a-narquía, que quiere decir no-jerarquía. Su función era encaminar y reorientar al pueblo hacia la plenitud de convivencia, compartiendo todos la misma misión de servir al pueblo. Era la excelencia de su servicio a Dios. Los jueces eran conscientes de su tarea transitoria de encaminar al pueblo a estructuras cada vez más participativas a niveles político, económico y social. La honestidad fue fundamental para este puesto; lo testimonia Samuel al despedirse a final de su mandato: “Ahora, si tienen algo contra mí, díganlo en presencia de Yahvé… ¿A quién le he llevado su buey o su burro? ¿A quién he engañado o maltratado? ¿Quién me ha sobornado con dinero? Que lo digan y lo devolveré. Respondió el pueblo: “Nunca le hiciste mal a nadie” (1 Sam 12,3-4).
Sin embargo, esta clase de convivencia sin impuestos necesitaba mucha mística en vivir el servicio al pueblo como servicio a Dios (cf. Jos 24, 14-24). Implicaba una renovación permanente en vivir solamente de lo necesario y con una gran entrega a los demás. No se mantuvieron en esta altura porque no cultivaron bastante aquellas dimensiones humanas. La Confederación de Tribus perdió su utopía, se corrompió; ejemplo es la generación que sigue a Samuel que “buscaban dinero, aceptaron regalos y violaban la justicia” (1 Sam 8,3). Se iniciaron enfrentamientos intertribales de competencia a niveles político y económico que reflejan el debilitamiento de la fe en su proyecto alternativo. Una señal de esta corrupción generalizada es el abuso de sus sacerdotes, que exigieron “tributo sagrado”, es decir, parte de los holocaustos que el pueblo pobre ofrecía en los santuarios (1 Sam 2, 12-17. 22-26).
IMPUESTOS SOLAMENTE A POBRES EVIDENCIAN ABUSO DE PODER
Otra de las causas principales de aquella desintegración interna fue la introducción del buey, que aumentó la producción agrícola, pero les dividió más en pobres y ricos, ya que no todos tenían buey (1). Las diferencias económicas provocaron conflictos y luchas de liderazgo. Algunas tribus necesitaban protección de sus bienes acumulados, mientras que otros, empobrecidos, sin tierra, tenían que ofrecerse a los ricos como protectores voluntarios de aquellos enriquecidos. A esa situación interna se añade la amenaza externa de los filisteos de ciudades del Oeste. Ambos factores se juntaron y obligaron a tomar opciones: o renovarse radicalmente o tomar otro rumbo político. Faltaban convicción y fe para hacer una relectura de su original proyecto alternativo; prefirieron copiar las monarquías vecinas y “ser como los demás pueblos” (1 Sam 8,19). Samuel, como último juez al servicio de su pueblo, era también último guardián de la utopía originaria, llamando al pueblo a un discernimiento crítico. Proféticamente les abrió los ojos, recordando que los derechos del rey que regían en los pueblos vecinos iban a destituir los derechos del pobre, algo propio y único de Israel (2). Con los derechos del rey entrarían, junto con un ejército permanente, también los impuestos en forma de productos agrícolas y ganado y trabajo forzado (leva) (1 Sam 8, 11-17). El pueblo iba a volver de donde había venido: “ustedes mismos serán sus esclavos (del rey)” (v.18). Acabaría delegando su libertad, su autogobierno, sus bienes… a un sistema tributario del que en cambio no recibiría ningún beneficio.
La Biblia demuestra el proceso lento del cambio de aquel pueblo tan alternativo hacia un Estado tributario cualquiera del Medio Oriente. Ni Saúl, ni David se atrevieron todavía a cobrar impuestos de su pueblo, aunque sí aceptaron regalos (1 Sam 10,27). Recién con Salomón vino con todo la imposición tributaria junto con el trabajo forzado, lo que empobreció aceleradamente a los pobladores del interior. Para ese fin instituyó a doce gobernadores y otro gobernador central en Jerusalén, dividiendo su Estado en doce provincias, sin respetar las fronteras tradicionales de los territorios tribales. Cada provincia tenía que pagar tributo durante un mes para la “mesa del rey” y todos los funcionarios de la capital. Además de la cebada y la paja para los caballos y mulos, cada provincia tenía que aportar día tras día durante un mes “treinta cargas de flor de harina y sesenta de harina…, diez bueyes cebados y veinte bueyes de pasto, cien cabezas de ganado menor, aparte de los ciervos, gacelas, gamos y aves cebadas” (1 Re 4,22-23). A causa de este abuso de impuestos por Salomón copiado del sistema faraónico (1Re 3,1), el pueblo nunca podía recuperar su autonomía política y su proyecto histórico alternativo, pero nunca dejó de soñar con ellos.
La fábula de Jotam sobre los árboles (Jue 9,8-15) sintetiza bien el conflicto de impuestos. Mientras que haya sentido comunitario para producir y redistribuir los productos a todo el pueblo, así como lo demuestran la higuera, la vid y el olivo, no hay necesidad de impuestos. Pero cuando entran la ambición de acumular, el individualismo, la propia improductividad, etc., entonces se abusa con engaño y dominación al pueblo para conseguir impuestos: la zarza convoca a su sombra y tiene solamente espinas, no produce nada y encima amenaza con devorar con fuego a los que no se someten a ella. Es la crítica literaria más fuerte al sistema monárquico-tributario.
JESÚS Y LOS IMPUESTOS
En tiempos de Jesús el pueblo tenía que pagar doblemente impuestos: a los romanos la cuarta parte de todos sus ingresos, y al templo de Jerusalén, cada siete años, la totalidad de sus ingresos de un año. Los Evangelios nos hablan mucho de este tema.
1. Aparece Zaqueo (Lc 19,1-10), un publicano que se había enriquecido con el negocio de los impuestos públicos sobre la circulación de la mercadería. Colaboraba con el sistema económico de los romanos y por eso quedaba excluido de la sociedad judía. Jesús, sin embargo, va a su casa y come con él. Esta acogida produce en Zaqueo una conversión: “Voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y restituiré cuatro veces lo que robé” (v.8). De acumulador se transforma en solidario, postura fundamental para volver a ser Pueblo de Dios. Zaqueo, al devolver lo robado al pueblo, rompe con la cadena explotadora del sistema imperialista y comienza a servir a su pueblo.
2. Los maestros de la Ley preguntan con mala intención a Jesús si está permitido pagar impuestos al César (Mt 22,15-22). Jesús, descubriendo su astucia, pide que le muestren la moneda con que se paga el impuesto (v.19) y al sacarlo, sigue preguntándoles de quién son cara y nombre en ella. Ellos le contestan: del César. Así cayeron en su propia trampa porque, pretendiendo ser modelos de pureza, no deberían llevar consigo moneda de un Imperio que explota a su propio pueblo con impuestos.
3. Otro texto evidencia que Jesús y su comunidad pagaron impuestos al templo (Mt 17,24-27), pero no por convicción, sino “para no escandalizar a esa gente” (v. 27). Jesús pregunta a Pedro de quiénes son los que pagan impuestos: los hijos o los extraños. Al contestar Pedro que los extraños, Jesús le afirma que los hijos no deben pagar. Sin embargo, le manda a pescar y sacar del primer pez una moneda para pagar los impuestos de Pedro y Jesús. Con eso quiere decir que el templo debe ser gratuito como el pez.
CONCLUSIÓN
La cuestión de los impuestos no está ausente en la Biblia, porque implica la búsqueda de una buena convivencia que lleva a más vida de todos. Cuando la tributación está administrada por personas honestas, transparentes y al servicio de su pueblo, entonces es una bendición para el pueblo, así lo demuestra Samuel. Pero también puede ser una maldición cuando cae en manos de grupos o personas ambiciosos, quienes se sirven del bien del pueblo y lo abusan para fines propios.
Los impuestos son un espléndido criterio en el discernimiento por un Buen o Mal Gobierno: o está al servicio de su pueblo demostrándolo con una respetuosa y justa re-distribución, o se sirve del pueblo, viviendo a sus costillas, engañando y amenazando como la zarza en la fábula de Jotam.
La Biblia no trata la cuestión de porcentaje según el ingreso per capita porque ella siempre lucha por una sociedad igualitaria, sin pobres y sin ricos, que se consigue siendo fiel al sentido comunitario, lo que ella llama JUSTICIA.
(1) La desigualdad provocada por la introducción del buey se refleja en las leyes respecto al buey. También hay que ver el becerro de oro (Ex 32) como una retroproyección de esta división en el pueblo y la solución que dio Jeroboam I con la colocación de dos bueyes en los dos santuarios Betel y Dan en el reino Norte para impedir la peregrinación de su pueblo al templo de Jerusalén en el reino Sur (1 Re 12, 26-33).
(2) Antes los pobres fueron privilegiados con más derechos para así mantener el equilibrio social y económico que podía suprimir los impuestos.
_________________
Margot Bremer, rscj. Miembro del Consejo de Redacción de la revista Acción, Paraguay, www.cepag.org.py