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En el pensamiento humano la muerte es la certeza, pero sobre ella predomina la esperanza del vivir para siempre o la inmortalidad.
Andrés Assandri
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Uruguay /
Temas – EL TÚ MÁS ALLÁ DE LA HISTORIA
La forma cómo se visualiza ese vivir para siempre es lo que genera la diversidad de la concepción humana.
En los últimos tiempos ha hecho su aporte la sociología de las religiones porque en ella se ha encontrado una fuente tanto para la vida posterior a la muerte como para la trascendencia. Otros acuden al sentimiento de sobrevivencia porque los horizontes de la felicidad adquieren mayor sentido si se supera la muerte. Como diría Unamuno: “el esfuerzo de cada cosa lucha por preservarse en su ser, y para ello se requiere no el tiempo finito, sino el indefinido”. Y especificado al problema de la vida, grita: “no quiero morirme, quiero vivir siempre, siempre, siempre”...
Esa voluntad de vivir, que a veces nos sorprende ante la fragilidad de la vida, es una especie de voto de confianza en la perennidad de nuestro ser, es una chispa de eternidad que tiene valor en sí misma y que parece imposible que se hunda en la “nada”. Dios está de garante. Panennberg señala en esta línea que “la fenomenología de la esperanza remite al hecho de que esperar más allá de la muerte pertenece a la esencia del ser humano consciente”.
La antropología moderna se sorprende ante la devoción a los muertos. Ésta podría justificarse en un ambiente religioso y por eso es más sorprendente que se dé en un mundo racionalista, el que por naturaleza debería ser hostil. Sin embargo afirma que la inmortalidad constituye “el dogma propiamente central de la ilustración”.
Comprobamos que el diálogo con un “Tú” más allá de la historia, más allá del espíritu científico de nuestra época, continúa vivo y arraigado sentimentalmente, y ya no se puede decir que es un residuo de una herencia oscurantista. Como bien señala Victor Frankl, se observa a cada paso que el hombre está siempre dispuesto a dirigirse a un muerto como un “tú”.
La motivación de la creencia de la vida después de la muerte suele ser muy diversa. En nuestra cultura occidental se siente el influjo de la filosofía griega; en el mundo oriental la reviviscencia tan diversa y con preguntas difíciles de responder vive por la fuerza del medio cultural (Mahatma Gandhi creía en la reviviscencia, aunque era consiente que esa visión de la vida hacía a los hombres resignados y perezosos para trasformar la historia por la que él entregó su vida); otros por una exigencia ética: dado este mundo tan injusto y violador de los derechos humanos, se requiere un estadio de la vida donde se logre la equidad.
LA RESURRECCIÓN DE LA PERSONA EN SU INTEGRIDAD
Los cristianos creemos en la resurrección. Es el dogma que proclamamos en el Credo. A la resurrección no se llega por raciocinio, sino que es la base de nuestra fe. San Pablo señala que si Cristo no resucitó está vacía nuestra fe.
La Revelación da la mejor respuesta a las preguntas que parten de la muerte. En esto Jesús es el gran revelador al cumplir lo que había anunciado reiteradamente a sus discípulos que iban camino a Jerusalén donde sería humillado, condenado y muerto, pero que resucitaría.
Los discípulos privilegiados en el Tabor con el deslumbre que se realiza en Jesús, debido a la transfiguración, preámbulo de su estado glorioso, propio del resucitado, se preguntaban: ¿qué querrá decir cuando habla de resurrección? La respuesta la experimentarán con su presencia viva y gloriosa; con la identidad del Jesús histórico que ellos siguieron; con el cumplimiento de la promesa que cuando dos o más se reúnan en su nombre, allí está Él; en la celebración de la Cena del Señor bajo el símbolo del pan y el vino; con el envío del Espíritu prometido y que será alma de su Iglesia; como presencia no sujeta a las leyes de la física, de la materia; presencia que está más allá del tiempo y del espacio, por eso los acompañará hasta el fin de los tiempos.
Dice San Pablo: “que Jesús tiene la primacía entre los muertos”. No puede interpretarse cronológicamente; lo que quiere decir es que Jesús nos descubre la vida en la plenitud de la gloria y no tiene que esperar ningún suplemento natural o corporal; su resurrección no depende del destino del cadáver. La novedad de la resurrección no se caracteriza por una irrupción milagrosa, de algo totalmente ignorado, sino de la plenitud de su ser encarnado, plenitud que todos esperamos.
San Pablo lo anuncia con mucha claridad: “porque si los muertos no resucitan tampoco Cristo ha resucitado” (1 Cor 15,16). Lo nuevo de la plenitud del ser (lo nuevo ontológico) podría ser interpretado como un privilegio extraordinario para resaltar a la persona de Jesús, pero no. Tampoco ha de entenderse la primacía del Señor “como primogénito de los muertos” como una primacía empírica, como si en el tiempo físico fuera el primero, sino como expresión de la primacía sobre la muerte que el “Dios de la vida” estaba y está realizando desde siempre. La resurrección entra en el proyecto del destino del hombre.
Hoy y siempre los cristianos, quizás sin advertirlo, reafirman el sentido de la resurrección en la memoria de los santos, y en general de nuestros difuntos venerados personalmente, al considerarlos como plenitud de una persona feliz. Son personas y no almas con la que dialogamos. Son hombres y mujeres en su integridad a las que acudimos con nuestras peticiones, presentando nuestras necesidades y confiando en la “comunión de los santos”.
La resurrección no es presentada como restauración de lo físico, sino como modo de existencia completamente nuevo (nueva criatura, nuevo nacimiento) como transformación de todo el ser humano. (Más en consonancia con la antropología hebrea).
Si se habla de corporalidad (María asunta en cuerpo y alma) es para señalar la relación que mantienen con el mundo y con nosotros (1 Cor 11, 24).
LA RESURRECCIÓN EN EL MOMENTO DE LA MUERTE
De lo anterior se desprende la afirmación que sostienen algunos teólogos de nuestro tiempo de que la resurrección se da en la muerte. Superan la concepción griega asumida por la cultura cristiana en la que las almas aburridas y sin sentido esperaban en el scheol la resurrección física de sus correspondientes cuerpos, científicamente tan imposible de determinar.
En resumidas cuentas la muerte que parece cerrar la puerta de la vida es el umbral de la vida para siempre. Así se nos muestra en Jesús resucitado.
Quizás ayude recordar el diálogo entre Jesús y el buen ladrón. Éste le pide que se acuerde de él cuando llegue a su Reino sin ninguna determinación temporal (que la ignora). Jesús le responde “HOY estarás conmigo en el Paraíso”. ¡Es hoy en el Paraíso!
LA MISMA IDENTIDAD DE JESÚS EN LA HISTORIA Y EN LA FE
Hay que subrayar cuando se trata de resurrección la identidad del Jesús de la historia con el Jesús de la fe. El Nazareno en la cruz antes de morir y el Nazareno resucitado es el mismo. Entre la historia y la gloria la vida cambia, pero no se quita.
Lo que sucede con Jesús es el prototipo de lo que sucederá con nosotros. Identidad y continuidad en la historia y en la gloria. Sólo un cambio: la transformación, es
decir, la resurrección.
Ésa es nuestra esperanza.
Creo en la resurrección.
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Andrés Assandri. Jesuita. Miembro del Consejo de Redacción de la Revista Misión, Uruguay.