La obra de Nicolás Guillén y Osvaldo Guayasamín: dos portentos de la poesía y la plástica que pertenecen a una generación que ha dado a Latinoamérica lo más granado de su creación artística.
Georges-Michel Darricades

Santiago / Cultura – Aunque los separan 17 años, estos dos portentos de la poesía y la plástica pertenecen a una generación que ha dado a Latinoamérica lo más granado de su creación artística. Forman parte de la pléyade ubicada entre guerras y el período posterior a éstas, tiempo en que se comenzaron a ver los frutos de su creación.

Nicolás Guillén nació en Camaguey, Cuba, en 1902, mientras que Osvaldo Guayasamín, en Quito, Ecuador, en 1919. No es menor conocer sus orígenes, sus ancestros, para así poder desarrollar lo que mencionamos en el título de este escrito.
 
SUFRIMIENTO CUBANO, SU MÁS RECÓNDITA Y DOLOROSA NATURALEZA
 
Guillén, de padre y madre negros, en su poesía trata de reivindicar a su raza, pero no por el camino fácil. Lo hace a través del aspecto cultural, de una mirada ética. Esto especialmente en su obra Motivos del Son. Posteriormente, cuando publicó Sóngoro Cosongo, algunos estudiosos quisieron encasillarlo como “poeta negro” o “poesía negra”… la verdad es que lo que él plantea en sus poemas es un lenguaje “del negro” y “al negro”, a fin de dar con el rol propio en la cultura cubana y mostrarnos su aporte a ella. La raza está entrelazada a sus ancestros casi como un concepto temático y hasta ideológico.
 
La publicación de El Son Entero significa conocer muy a fondo la obra total del poeta. Aquella publicación llevaba como subtítulo Suma Poética, e incluía Motivos del Son, West Indies Ltd., Cantos para Soldados y Sones para Turistas, Poema en cuatro Angustias y una Esperanza.
 
Subrayando lo que nos interesa respecto del tema, a Sóngoro Cosongo el autor lo denomina como “poemas mulatos”. Este aspecto lo había tocado en la publicación de un ensayo, llamado Cuba, Negros, Poesía: “a medida que crece la responsabilidad social del arte, va saliendo más a flor de pueblo el negro en Cuba. Paulatinamente deja de ser una decoración, un motivo de risueña curiosidad, y se mete en el papel verticalmente humano que le corresponde”. Y agrega más adelante: “por la expresión de lo negro era posible llegar a la expresión de lo cubano; de lo cubano ya sin matiz epidérmico, ni negro ni blanco, pero integrado por la atracción simpática de esas dos fuerzas fundamentales en la composición social isleña”.
 
Es de suma importancia subrayar que la obra de Guillén no es una poesía del “negrismo” — “negritude” al decir de Sartre—, más bien la reivindica ideológicamente, apartándola de una respuesta sólo anti-racista frente a los blancos. Como él mismo lo dice: “la realización de lo humano en una sociedad sin razas”, y claro está —como añadidura indisoluble—, sin clases.
 
Lo que hay es —como muy bien lo dice Alejo Carpentier— un “bicefalismo hispano-africano” en el ritmo literario y “rasgos negroides” en la musicalización de muchos de sus versos. A propósito de esto último, algunos críticos y estudiosos de la poesía de Guillen sostienen que se trata de un poeta que se completa enteramente, oyéndole recitar sus poemas más que leyéndolos:
 
“Mi patria es dulce por fuera, / y muy amarga por dentro; / mi patria es dulce por fuera, / con su verde primavera, / con su verde primavera / y un sol de hiel en el centro”.
 
Una muestra de lo que planteamos:
 
“Yoruba soy, lloro en yoruba / lucumí. / Como soy un yoruba de Cuba, / quiero que hasta Cuba suba mi llanto yoruba; / que suba el alegre llanto yoruba / que sale de mi”.
 
Y su famosa poesía La guitarra:
 
“Cógela, tú, guitarrero, / límpiale de alcohol la boca / y en esa guitarra, toca / tu son entero. / El son del querer maduro, / tu son entero; / el del abierto futuro, / tu son entero; / el del pie por sobre el muro, / tu son entero”.
 
Para terminar, uno de los más representativos del estilo guillenesco, La Mulata:
 
“Ya yo me enteré, mulata, / mulata, ya sé que dice / que yo tengo la narice / como nudo de corbata. / Y fíjate que tú / no ere tan adelantá, / porque tu boca e bien grande, / y tu pasa colorá. / Tanto tren con tu cuerpo, / tanto tren; / tanto tren con tu boca, / tanto tren; / tanto tren con tu sojo, / tanto tren… / Si tú supiera, mulata, / la verdá; / ¡que yo con mi negra tengo, / y no te quiero pa na!
 
Guillén dice de su obra, entre otras consideraciones: “modo patético del sufrimiento cubano, modo en fin de su más recóndita y dolorosa naturaleza”.
 
PINTURA PARA HERIR, ARAÑAR Y GOLPEAR EL CORAZÓN
 
Guayasamín, de padre indio y madre mestiza, simboliza —a su decir— lo duro de esta cierta ambigüedad, no aceptada a cabalidad; el mestizo, ni como blanco ni como indio. Su obra, especialmente en su primera etapa, fue siempre desde sus raíces. Más aún, buena parte de su trabajo fue una declaración de humanismo indígena. Sabido es que el sendero creativo del gran pintor ecuatoriano tiene tres etapas: “El camino del llanto”, “La edad de la ira” y “La edad de la ternura”. Sin perjuicio de que en los últimos tramos de su vida —y hasta su muerte— trabajó en una obra monumental para dejarla en el centro del mundo: La capilla del hombre, en la que vuelve nuevamente a sus raíces. “El camino del llanto” (Huacayñán en quichua) es quizás el período más concordante con el objetivo central del tema que abordamos. En esta etapa nos entrega el desgarro del indio americano, la conciencia cultural y la denuncia.
 
Una editorial latinoamericana, junto a la Fundación Neruda y la Fundación Guayasamín, publica el hermoso libro América, mi hermano, mi sangre (no es menor decir —por el tema que nos ocupa— que este hermoso libro fue presentado precisamente en la Bienal de Arte Indígena), que nos entrega la obra magistral nerudiana, Canto General, junto a pinturas de todos los períodos claves de Guayasamín ya nombrados.
 
Tal como dijimos, es en “Camino del llanto” donde con mayor fuerza quedan plasmadas las luchas de la génesis de nuestra América. Ya Neruda dice que Guayasamín, con su obra, forma la estructura andina del continente unida territorialmente por la tierra, por la sangre y la profundidad indígena. De todas formas, como suele suceder con los grandes creadores, sus obras a través de los años se entrelazan como una sola. Así él la llamaba: tres sinfonías.
 
Su trabajo se entreteje en sus diferentes períodos, por lo que es difícil nombrar sólo algunas obras de su vasta producción. Pero nombremos algunas: Las manos de América Latina, Mujer en tierra firme, La Luna (una de sus obras más conocidas), Chica llorando y El Grito. Pero quizás su pintura El Toro y el Cóndor nos da una imagen plástica de lo que hemos hablado. Una imagen mirada desde la lucha de siempre de nuestros pueblos originarios: el toro representa al conquistador español; el cóndor, a los indígenas que le resistían.
 
Guayasamín afirma de su propia obra: “mi pintura es para herir, para arañar y para golpear en el corazón de la gente”.
 
Más allá de lo aquí escrito, bastan sólo cuatro palabras del poeta cubano para referirse a Guayasamín: “genio de las artes”… y otras cuatro del pintor ecuatoriano para Guillén: “hermano ancestral del lenguaje”.
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Georges-Michel Darricades. Columnista de la Corporación Proyecta América a cargo de la sección Cultura; también del Centro de Estudios Sociales Avance y de la revista Política&Espíritu. Colaborador permanente de Mirada Global.


 
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