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Una clave y un desafío para los trabajadores de hoy: que podamos ser en nuestros ambientes de trabajo cada vez mejores y más creativos constructores del diálogo y ejercer así la función humanizadora que nos constituye.
María Marta Mainetti
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Buenos Aires / Economía – El camino a la humanidad se inició evolutivamente cuando el hombre liberó las manos del suelo y pudo transformar la naturaleza. Trabajando se hizo humano, desplegando un potencial infinito de posibilidades.
A lo largo de la historia, el trabajo constituyó una actividad fundamental para la supervivencia, pero es en nuestra sociedad contemporánea que pareciera ocupar el centro de nuestra vida. En torno a él organizamos el tiempo libre, planificamos la familia, adquirimos los bienes, nos realizamos, festejamos, construimos las amistades.
Por otra parte, importantes problemas sociales son a la vez laborales: desocupación, desigualdad, explotación. ¿Podemos seguir diciendo que el trabajo nos hace humanos?
Desde una mirada más metafórica que científica, una actividad es humanizante cuando promueve valores que dignifican a las personas, por lo tanto esa actividad se legitima, se valoriza y se prefiere. En este sentido, el trabajo tiene la oportunidad de serlo. Pero esto requiere que cada uno de nosotros, como trabajadores, podamos ejercer lo que Adela Cortina, eticista española contemporánea, denomina una “ética de la razón cordial” que se basa en “el reconocimiento recíproco de seres que se saben y se sienten interelocutores válidos”, es decir, que pueden construir un diálogo superador de las diferencias. Dialogar nos permite conocer y reconocer a un otro que es distinto, mirar la realidad desde otro punto de vista, indignarnos ante la injusticia, potenciar la solidaridad y tomar decisiones con prudencia.
Esta puede ser una clave y un desafío para los trabajadores de hoy. Que podamos ser en nuestros ambientes de trabajo cada vez mejores y más creativos constructores del diálogo y ejercer así la función humanizadora que nos constituye.
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